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El Frío

Comienza el viaje

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El Frío… el frío, el hielo y el hambre dominan el mundo y lo han hecho durante muchos años. Llegaron junto a las tinieblas y la oscuridad y lo hicieron para no marcharse.

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Con un trueno

Nuevo relato de EL FRÍO.

Nuevo relato de EL FRÍO.

Pasó como pasan tantas cosas. Una noche en calma, un trueno en la distancia y el mundo dejó de ser el mismo de antes. Pero entonces lo que resonó no fue un trueno y el único mundo que desapareció fue el de casi ciento cincuenta personas. Un drama cuyas causas se ocultaron, para el que no se encontró responsables y que, con el tiempo, se olvidó.

Después volvería a suceder algo parecido, aunque la escala y las repercusiones no serían en absoluto parecidas. Con el bramido del trueno, la oscuridad ocupó el lugar de la luz y con aquellas tinieblas acudió también el frío.

Cuando Gabriel llegó a las inmediaciones de aquel lugar no sabía nada de esa vieja historia. Solo vio los árboles, el lago y las montañas. Un paraje protegido de las inclemencias en mitad del hielo y la nieve. Utilizó su hacha para cortar unos cuantos troncos, recuperó los ladrillos y las rocas de unas viejas edificaciones derruidas y construyó un refugio. También aprendió los rudimentos de la caza y la pesca. Y su presencia, de alguna manera, atrajo a la de otros.

Emilio fue de los primeros viajeros que pasaron por allí. No iba solo. A su espalda, como una mochila más, llevaba a la pequeña Elsa. No eran parientes, solo se habían encontrado y salvado la vida mutuamente. Ella estaba abandonada en mitad de la nieve. Él acababa de tomar la decisión de suicidarse. En lugar de eso sus destinos se habían unido. No siguieron adelante.

Habían pasado varios años desde que se conocieron y para entonces habían formado una pequeña familia a la que unos meses antes se habían unido Lobo y Gato. Lobo era un mastín enorme y de gesto tristón y Gato un hurón diminuto y con el aspecto de una serpiente peluda y quisquillosa. Elsa se había encargado de ponerles el nombre. Entonces, la niña tenía poco más de seis años y era todo lo contrario a una señorita. El amor de sus padres la había moldeado y el frío la había endurecido. Era un arma bien templada en unos tiempos aciagos. Una criatura con un potencial increíble en un mundo dispuesto a segar sin compasión cualquier atisbo de esperanza.

Y, por supuesto, eso sucedería con un trueno.

Elsa jugaba junto al lago. Lobo estaba a su lado, tirado sobre las agujas de pino y los cantos rodados que se amontonaban junto a la orilla. Jugaba distraída o fingía que jugaba, con ella nunca estaba claro. Por el rabillo del ojo vigilaba a Gato. El hurón correteaba un poco más lejos, en las cercanías de la primera línea de arbolado. Los troncos negros ganaban por mayoría allí y solo unos pocos mostraban todavía trazas de verde. Los supervivientes. Los duros.

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Hubo un movimiento apenas perceptible entre unas rocas. Gato alzó las orejas, Lobo la cabeza. Elsa puso una piedra más sobre las otras que había amontonado. Después sonrió, satisfecha, y cogió una rama afilada como si fuera una lanza y se puso en pie. El montón de rocas se derrumbó y una fue rodando hasta la congelada superficie del lago para resbalar sobre ella un buen trecho y, después, resquebrajarlo y desaparecer

Aunque para entonces la atención de la niña ya estaba en otras cosas.

Aquella noche cenaron liebre aderezada con tomillo y zanahorias asadas. Emilio consideraba que el sentido del gusto no debía atrofiarse y había descubierto que la cocina de subsistencia se le daba bien. Gabriel, que durante los meses de soledad no había comido otros alimentos que raíces cocidas y pescado y pequeños roedores asados hasta la casi carbonización, no podía estar más agradecido. Él, al contrario, era capaz de apañárselas con soltura con cualquier herramienta que cayera en sus manos. Antes de que el trueno restallase ninguno de los dos ni tan siquiera había pensado en eso. Ni en eso ni en tantas otras cosas. Ambos habían tenido familia y ambos la habían perdido.

Pero eso era agua pasada.

Aquella noche cenaron juntos y juntos se fueron a dormir. Fuera nevaba, aunque en el refugio que Gabriel había construido la temperatura era agradable. Junto a la cama, Gato dormía a pierna suelta sobre Lobo. El mastín roncaba con fuerza, dejando escapar babas por su enorme bocaza. El hurón se revolvía en sueños, jamás cómodo del todo. La tormenta, al otro lado de las contraventanas, no importaba. Aunque debería haberlo hecho.

Por la mañana las cosas no parecían muy distintas, si acaso algo más blancas. Medio metro de nieve los aguardaba al otro lado de la puerta. Tardaron casi una hora en apartarla, aunque para Elsa aquello solo parecía un juego más. Elsa… aquel era el nombre que Gabriel había elegido para ella y Emilio no había querido que se lo cambiara a pesar de lo que pensaba de su elección. Cuando consiguieron salir al bosque, ya era cerca del mediodía. Entonces cada uno se dirigió a sus labores. A buscar leña seca Gabriel, a comprobar las trampas Emilio y a vigilar el lago Elsa acompañada por Gato y Lobo. Aquel era su cometido y lo cumplía bien. No tardaría en tener otros de más envergadura.

La superficie del lago, que el día anterior había sido un espejo, era entonces una llanura tan blanca que tentaba a romperla. Elsa se quedó mirándola, con el hurón enredándose en su cuello. Le habían enseñado bien que no debía adentrarse en el hielo aunque pareciera tan resistente como la piedra y siempre había obedecido. Pero aquella mañana…

Desde el lago llegaba un ruido extraño que Elsa no había escuchado jamás. Era como el sonido de un martillo, pero mucho más grave, lejano y acompasado. La niña puso un pie sobre la nieve y, paso a paso, siguió aquel sonido. Gato gimió y Lobo dudó antes de seguirla. Sus ojos tristes buscaron en el lago lo que su olfato le decía que estaba allí, pero no lo encontró.

Las campanadas, pues de eso se trataba, continuaban. Los pies diminutos fueron detrás. Paso a paso, fue acercándose a aquel extraño ruido. No venía del lago, sino de debajo de él. Elsa se arrodilló y quitó la nieve con la mano, barriendo de un lado a otro hasta que notó cómo el frío atravesaba sus mullidos guantes. Entonces llegó al hielo que había debajo y vio lo que había bajo él.

Entonces resonó el trueno y este no fue otro que el de la superficie del lago romperse.

Los aullidos de Lobo se escucharon desde muchos kilómetros de distancia. Gabriel y Emilio lo oyeron y, dejando cuanto estaban haciendo atrás, echaron a correr. Llegaron hasta la orilla casi al mismo tiempo. Las campanas, las que Elsa había escuchado, eran entonces evidentes, pero ellos no las escuchaban. Todos sus sentidos se encontraban centrados en una sola cosa. En Elsa, en su hija.

Encontraron el pequeño cuerpo tras una búsqueda que se les hizo interminable. Estaba tendida sobre los cantos rodados. Emilio se arrodilló junto a ella y la cogió en su regazo. Tuvo la sensación de que no pesaba nada. Gabriel se quedó a su lado. De pie, mudo e impotente. Su pequeño oasis en mitad del desierto helado, se había derrumbado. Sin Elsa… ¿qué sentido tenía todo sin ella?

—Elsa —masculló Emilio—. ¿Qué…?

Apenas dijo palabra cuando la niña se sacudió, tosió y comenzó a vomitar agua. Acto seguido abrió los ojos y se quedó mirándolos, con el gesto perdido.

—Marchaos de aquí —susurró—. Ellos vienen.

Después cerró los ojos de nuevo y no volvió a abrirlos.

Un nuevo trueno dejaba otro mundo devastado.

Hermanito

Nuevo relato de EL FRÍO.

Nuevo relato de EL FRÍO.

El sol se ponía, las sombras se alargaban y el futuro se volvía más negro con cada paso que daban. No era que su vida hubiera sido difícil, sino que empeoraba más y más con los días. A aquellas alturas de su existencia, Emma comenzaba a suponer que ya le quedaban pocas mierdas por pasar antes de que la muerte la alcanzara. Pero tenía que aguantar.

Por su hermanito.

Cuando todo sucedió ella acababa de cumplir once años y hacía poco más de una semana que Francis había hecho los tres. Entonces, el cielo se oscureció y el frío arrasó los cultivos del estrecho mundo que conocía y de aquel que se encontraba más allá, lejos de su pueblo y sus seres queridos. Con la noche y el frío llegaron también el hambre, la enfermedad, la guerra y la muerte. Los cuatro jinetes al completo.

De eso hacía tiempo. En aquel momento, Emma caminaba arrastrando tras de sí un rústico trineo que había construido con lo poco que encontró antes de tener que abandonar su último refugio a toda velocidad y sin mirar hacia atrás. Sobre él iban Francis y todo cuanto tenían. No era demasiado, pero pesaba tanto que tenía la sensación de estar arrastrando el mundo tras ella.

El sol se puso mucho antes de que pudiera encontrar un lugar en el que guarnecerse y las ya de por sí gélidas temperaturas cayeron en pocos minutos. Pequeños cristales de hielo empezaron a formarse en la poca piel de su rostro que quedaba expuesta y el aire se volvió tan frío que comenzó a hacerse irrespirable.

—Tenemos que buscar un buen sitio, hermanito. Si no, no vamos a llegar nunca.

Emma se protegió como pudo tras unas peñas que, al menos, le sirvieron de parapeto contra el viento. Del otro lado de la piedra, este soplaba con los aullidos de un lobo mucho más cercano de lo deseado. La nieve llegó pronto con él y comenzó a acumularse, formando una suerte de ventisquero. Las horas pasaron mientras luchaba por no dormirse. Para hacerlo, le cantaba a Francis. Eso también servía para calmarlo, para tranquilizarlo cuando la realidad los golpeaba con fuerza y hacía que se tambalearan. Aunque ella no lo demostrara. Ella era la roca que lo protegía, que lo sostenía.

Bueno, echa un vistazo a eso. Hice un castillo en la arena

Castillos de arena… su hermano ni siquiera había tenido la oportunidad de hacer uno. Ella sí. Ella había ido con sus padres a la playa y había hecho todas aquellas cosas que se suponía que hacían los niños. Que se suponía que hacían los niños antes. Ya no era así. Nunca más lo sería.

Llegó el amanecer y la luz pálida de un sol demasiado lejano llenó el mundo.

—Francis, mi hermanito… tenemos que seguir ahora que el sol luce.

Trastabilló al levantarse. No notaba los dedos de los pies, llevaba sin notarlos desde antes de parar durante la noche. Poco importaba. El aire helado volvía a estar lleno de aullidos y entonces no se trataba del viento.

Apoyando parte de su pesos en las varas del trineo, Emma se las arregló para seguir avanzando entre la nieve virgen. Con los últimos avatares, con las últimas pérdidas, había tomado una decisión: se había terminado el ir de un lado a otro, sin otra misión que sobrevivir. Irían a la costa para que Francis pudiera ver el mar y hacer aquellos castillos en la arena de los que hablaba la canción. Entonces, por fin todo iría mejor.

—Hermanito, pronto llegaremos. No puede quedar mucho —le dijo para animarlo a pesar de que los aullidos continuaban, todavía más cercanos. No sentía dolor en las piernas aunque estas apenas soportaban su peso. Era cosa del frío, volvía insensible a las personas. Tanto que en algunas ocasiones las convertía en monstruos—. Allí comeremos. Un auténtico picnic, como los que hacía con mamá y papá. Ya verás cómo te gusta.

No había terminado de hablar cuando el ruido de los lobos cesó y Emma supo que los habían encontrado. Apenas tuvo tiempo de coger el garrote improvisado que reposaba junto a su hermano y sus bártulos cuando la bestia saltó sobre ella. Una hembra vieja y flaca, un mero saco de pulgas.

El arma golpeó el hocico del animal con fuerza y este dejó escapar un gañido de dolor. Después retrocedió con el rabo entre las patas y el lomo erizado, mostrándole los dientes, amarillos e irregulares. Un escalofrío erizó también el vello de Emma. Donde había un lobo siempre había más. Normalmente a la espalda de su presa.

Giró sobre sus talones lo justo para no perder de vista a su atacante con la súbita certeza de que otro se encontraba allí, acechando a su hermano. Pero no era así. Allí no había nadie. La loba estaba sola, hambrienta y abandonada. Entonces también llena de miedo y desesperación. Las gotas de sangre resbalaban por su morro cuando, en lugar de retomar su ataque, se tendió en el suelo, dispuesta a dejarse morir.

—¿Te rindes? —le preguntó Emma sin terminar de creérselo—. ¡Francis, se rinde! ¡Qué te parece!

La bestia enterró el morro en la nieve. No iba a moverse de allí. El pellejo apenas le cubría los huesos. Sus últimas fuerzas estaban agotadas. Se moría de hambre.

—¿Darle…? —dijo ella, con un balbuceo que se interrumpió con otro—. Ya sé que… es lo correcto, pero no podemos permitírnoslo. Y no, no será de tus raciones, hermanito. De las tuyas no.

Aquellas fueron sus palabras, pero sus actos resultaron bien distintos. Sin apartar la vista de la loba, rebuscó en uno de los bultos y sacó de él una larga tira de carne, seca, salada, correosa y medio congelada. Después, muy despacio, se acercó animal. No se atrevió a recorrer los últimos pasos. Lanzó el tasajo y, a toda prisa, regresó junto al trineo en el que la aguardaba su hermano. Antes de llegar a él pudo escuchar el ruido de la carne al ser masticada con desesperación. Emma no pudo evitar sonreír. Sus labios, cuarteados, solo le devolvieron dolor.

Hermanito

—Ya lo sé, no hace falta que me lo pases por las narices —gruñó—. Ahora, en marcha. El mar está tan cerca que casi puedo olerlo.

Agarrando los palos a los que estaba atada su carga, Emma retomó el camino. La loba lo hizo tras ella. No sentía los pies y el trineo pesaba más a cada paso, pero no iba a rendirse. Después de tanto tiempo en los caminos, por fin llegaría hasta el mar y su hermanito podría por fin jugar junto a las olas y hacer castillos en la arena. Uno de ellos se convertiría en su tumba. Así lo habían decidido ambos.

Francis había cumplido tres años cuando todo sucedió y después no cumplió ninguno más.

Hacía mucho de eso.

El cazador (IV)

Cuarta y última parte de este relato de EL FRÍO.

Cuarta y última parte de este relato de EL FRÍO.

—¿Qué cojones está pasando?

La respuesta de Des fue rápida, sin un matiz de duda. Como lo eran todas sus mentiras cuando sabía que un balbuceo era la diferencia entre la vida y la muerte. Igual que le había sucedido el día en el que se unió a la comunidad a la que entonces pertenecía y le preguntaron por su pasado, por su vida en los tiempos anteriores a que el frío llegara y acabara con cuanto la humanidad conocía y daba por sentado.

—Que te hemos salvado la vida de esas… cosas —replicó, orgulloso. Solo le quedaba eso. Si el cazador sospechaba lo que habían intentado… después de verlo en acción no tenía ninguna duda de que no eran rivales para él.

El cazador se quedó mirándolo, entornó los ojos y volvió a colocarse los cristales ahumados. Después se tapó el rostro con un trozo de tela. Solo entonces Des se dio cuenta de que comenzaban a caer pequeños fragmentos de hielo de las cada vez más abundantes nubes. La tormenta a la que tanto habían temido ya estaba sobre ellos.

—Gumer, tenemos que volver a la fortaleza.

—Estamos demasiado lejos. No llegaremos antes de que nos alcance —respondió el otro, rompiendo un silencio que, esperaba, no hubiese resultado demasiado sospechoso.

—Seguidme —dijo el cazador entonces con un gruñido—. Sé de un lugar.

Sabía de él y sin duda se trataba de un lugar. Era algo que mediaba entre un agujero y una caverna y alojado en una de las paredes de la montaña. Llegaron en apenas tres minutos y se apretujaron en su interior, como sardinas en lata. Fuera la tormenta ya rugía, convirtiendo lo que había sido un magnífico día en un infierno y recordándoles una vez más cómo era su existencia. Pero no solo la tormenta sirvió para hacerlo.

—Tenéis que ver esto —susurró su compañero, sentado junto a la entrada.

Ellos estaban allí, aguardando, y entonces no eran tres, sino cerca de una docena. No se diferenciaban demasiado unos de otros como no podían diferenciarse demasiado los cuerpos de unos cuantos hombres atrapados bajo la nieve y congelados hasta la muerte. Vestían los mismos taparrabos que los otros y también se encontraban desarmados, aunque Des sabía que no se podía fiar de las apariencias.

—Tocamos a cuatro por cabeza… demasiados.

—Sí, demasiados —respondió Gumer, con un chasquido de su lengua—. ¿Qué hacemos?

Des dejó de mirar a su compañero, que ya empuñaba sus cuchillos, para dirigir su mirada hacia el cazador. A su lado, era como un monte cubierto de pieles, repleto de ira y armado con una lanza que apenas cabía en la cuevecilla en la que se habían resguardado.

—Morir con dignidad, ¿qué otra cosa nos queda? —preguntó este mientras se abría paso hacia el exterior. Una vez salieron, añadió—: ¿Alguien sabe que marchasteis detrás de mí?

—No… quiero decir, no lo sabe nadie —dudó Des—. Y no salimos en tu búsqueda.

—Sí lo hicisteis. Para que dejara de daros por culo —sonrió el cazador. Bajo las lentes oscuras sus ojos no sonreían—. Y no voy a dejar de hacerlo.

El primer golpe del gigante fue imposible de ver. Des lo sintió en el pecho justo antes de despedido. Rodó sobre el suelo nevado, sin aliento y sin saber qué estaba sucediendo. Cuando se apartó el hielo de los ojos llegó a tiempo de ver cómo el segundo impacto resultaba todavía más letal. Un surtidor de sangre surgió de la boca de Gumer y cayó sobre su pecho. El filo de la lanza asomó por detrás de sus dientes. Sus extremidades se agitaron entre espasmos cuando, a través del paladar, el metal alcanzó su cerebro. Luego cayó sobre la nieve inmaculada.

CAZADOR4

—¿Por qué? —acertó a balbucear.

—¿No es evidente, amigo? ¡Son vuestros, muchachos! —gritó el cazador a los esqueléticos seres que ya comenzaban a rodear a Des—. ¡Haced con ellos lo que queráis! Yo tengo que seguir cebando al plato principal…

Y allí acabo todo.

El cazador (III)

Tercera parte de este relato de EL FRÍO.

Tercera parte de este relato de EL FRÍO.

La roca se alzó entre sus manos y allí quedó, suspendida en las alturas, cuando varias siluetas surgieron a espaldas del cazador. Eran las de tres hombres o lo de algo que podría haber pasado por hombres si la luz hubiera sido escasa. Delgadas hasta la extenuación, con las costillas marcadas y ataviadas con una especie de taparrabos de piel, tenían la piel tan pálida como la nieve y sus rostros… sus rostros no tenían nada de humano. Sus ojos eran rojos y se encontraban hundidos en unas profundas cuencas y sus bocas…

—Las bocas —masculló Des. Las fuerzas le fallaron y la piedra resbaló de sus dedos y cayó al sendero del Lobo.

A los pies del cazador.

Alertado por el ruido, sus ojos, oscuros, se clavaron en él durante un instante antes de ver también a las criaturas que se le aproximaban. Al hacerlo, un gruñido surgió de su garganta.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Gumer desde el suelo. Con la sorpresa, había olvidado de que se encontraba a su lado—. ¿Las tiro?

—No —boqueó Des, lleno de dudas. La situación había cambiado por completo y su enemigo se había convertido de repente en el único aliado con el que podían contar. Tenía que tomar una decisión y hacerlo rápido—. Espera… ¡ahora!

Gumer empujó con las piernas.

Sin un solo murmullo, uno de los seres quedó enterrado entre las rocas. Los otros dos recularon, veloces como serpientes, aunque no lo suficiente. El lanzón del cazador salió disparado contra el pecho de uno de ellos. El acero que formaba su punta se hincó en su huesudo pecho con tal fuerza que atravesó el esternón y volvió a surgir por su espalda al tiempo que lo proyectaba contra una de las paredes de la estrecha garganta.

CAZADOR3

El que quedaba huyó como alma que lleva el diablo.

—¡Vamos! —bramó el cazador. La lengua de hielo en la que se había convertido la cascada tembló con su potente vozarrón—. ¡No podemos dejar que escape!

Sin duda no podían. Por la mente de Des pasó una sucesión de imágenes de lo que sucedería si dejaban que se fuera. De lo que podía pasar si se reunía con más de los suyos y juntos atacaban la pequeña fortaleza que se había convertido en su hogar. De lo que les harían a aquellos que, con los meses, se habían convertido en su familia. Por el gesto de Gumer supo que él había imaginado lo mismo.

Ambos hombres bajaron a toda prisa por la ladera por la que habían trepado y después corrieron en la misma dirección que había escapado el ser. Hacia el arroyo del Tuerto y los restos semienterrados del bosquecillo. Apenas habían recorrido un par de centenares de metros cuando el pesado sonido de los pies del cazador se unió a los de sus pasos, crepitando sobre la nieve.

—¡Allí! —gritó Gumer. Sus dedos, bajo la manopla, señalaron hacia la figura que se corría entre las desmochadas copas y las ramas desnudas y negras como trazos de tinta que rompieran la blancura en mil pedazos.

Fueron tras él. Des sin poder quitarse de la cabeza lo que sin duda sucedería si no alcanzaban al ser, Gumer arrastrando en una nieve que a cada paso era más profunda y el cazador convertido en una inmensa mole imposiblemente veloz.

Un proyectil que no tardó en alcanzar a la criatura. En la distancia, vieron cómo la atravesaba de parte a parte sin que ningún sonido escapara por la boca de ninguno de ellos. Para cuando quisieron llegar apenas quedaban pruebas de que el ser hubiera existido. Solo algunas huellas en la blanca superficie y los restos de sus magros ropajes. Nada más.

—¿Dónde está? —preguntó Des, mientras se detenía para recuperar el aliento.

—Desapareció. Cuando lo golpeé se convirtió en… nada —masculló el cazador al tiempo que se quitaba los cristales ahumados de delante de los ojos—. Y vosotros dos ¿qué hacéis aquí? ¿Qué cojones está pasando?

CONTINUARÁ…