Superviviente

Os presentamos un relato ambientado en el universo de EL FRÍO para que poco a poco os vayáis familiarizando con este universo.

Os presentamos un relato ambientado en el universo de EL FRÍO para que poco a poco os vayáis familiarizando con este universo.

El día en que pasó… el día en que pasó no podía imaginarse que algo como aquello pudiera suceder. En pleno día, la oscuridad se hizo completa y un temblor llenó el suelo. Después la nieve comenzó a caer y ocurrió lo imposible. El frío llegó a todas partes y no hubo lugar en el que nadie pudiera refugiarse de él.

Tobías llevaba viviendo en aquel sitio desde hacía… ya no recordaba cuánto había transcurrido. Los desiguales días de tinieblas y las noches de oscuridad perpetua se habían sucedido sin descanso, en su mayoría monótonos. La escasa luz, cuando la había, se reflejaba en la nieve hasta hacer que las mínimas sombras se esfumasen, convirtiéndose en un resplandor que dañaba la vista y enturbiaba incluso los pensamientos y los recuerdos. De lo que él era antes, poco permanecía. Con el paso del tiempo lo único que había quedado era un superviviente.

Como tantos otros.

Un superviviente, musitó entre dientes. No era demasiado fuerte, eso no, pero siempre se había considerado inteligente y, por lo que parecía, había demostrado serlo. Encontró refugio, agua y pronto se las arregló para encontrar también una fuente sostenible de alimentos. Pocos podían decir eso. El cambio en el clima, la oscuridad y el frío hacía mucho que habían hecho que las cosechas se echasen a perder y buena parte de las plantas y animales murieran. Los que no lo habían hecho, se habían visto obligados a iniciar una rápida migración hacia el sur. En aquellas latitudes también eran pocas las personas que todavía subsistían y menos aun sin haberse convertido en perpetuos nómadas. O carroñeros. En eso él podía considerarse un privilegiado.

Tobías se miró las manos y casi no las reconoció. Estaban ajadas, prematuramente avejentadas. Las gélidas temperaturas y la humedad hacían que la piel se agrietase y que las articulaciones se volvieran rígidas. De aquellas últimas no podía quejarse. Las suyas respondieron cuando se levantó y caminó junto al muro de tierra congelada que formaba una de las numerosas protecciones que aseguraban lo que él consideraba su hogar, que lo protegían de…

Pero qué cojones…

SupervivienteHD

Un murmullo, tal vez menos que eso, hizo que Tobías abandonara aquellos confusos pensamientos y que su mente volviera a ser el afilado punzón en el que había tenido que convertirla para sobrevivir. Cualquier señal, por poco importante que pareciera, era vital y debía ser comprobada. Los peligros eran muchos además del propio frío. Aunque todos provinieran de él.

Armado con un machete, se deslizó cuesta arriba por los taludes de tierra compactada para buscar su origen. No tuvo que hacerlo durante demasiado tiempo porque quien había producido aquel susurro apenas discernible pronto corrió a su encuentro.

Y saltó sobre él.

Embarullados, cayeron al suelo sobre la nieve sucia y llena de pisadas. El arma, en su mano, trató de alcanzar a su rival, una bola cubierta de sucio pelo y piel, que arañaba y se retorcía sin amilanarse, que golpeaba con fuerza a pesar de ser de la mitad de su tamaño.

Rodaron. Una confusión de extremidades. Mordiscos, golpes… el machete salió despedido a un lado, deslizándose por la escarpada pendiente. Unas uñas llenas de tierra y desiguales se le clavaron en la carne del cuello, mientras unos dedos esqueléticos trataban de arrebatarle el aliento.

¡Tú! —acertó a mascullar Tobías entre unos dientes que hacía mucho que habían pasado por su mejor momento—. ¡Tú!

Reconocer a su atacante hizo que sus fuerzas se renovaran y, a pesar de la falta de aire, se las arregló para lanzar un cabezazo contra el rostro de la apestosa masa de cabellos y pellejos mal curtidos. Hubo un crujido, un grito y un estallido viscoso. Las manos que le atenazaban el cuello se apartaron, dejando tras de sí las marcas de unas uñas, unas medias lunas desiguales.

De una patada se libró de su agresor, mientras buscaba el machete. No tardó en encontrarlo, entre el barro y la nieve. Corrió hacia él, pero antes de agarrarlo sintió un golpe en la espalda. Volvió a caer con el peso de la criatura sobre él. Una roca lo golpeó en la cabeza, aunque por fortuna lo hizo sin demasiada fuerza.

Con la vista nublada, Tobías acertó a coger la herrumbrosa arma. Después golpeó y la sangre escarlata manó. Furioso, se puso en pie y siguió lanzando tajos. Trozos de carne, sangre y pelo saltaron en todas direcciones, mientras la criatura era reducida a una masa sanguinolenta que se retorció durante unos breves instantes antes de expirar.

¡Maldita sea! —gruñó él mientras recuperaba el aliento.

Acto seguido, recogió el cadáver y, cargándolo a hombros, retrocedió hasta su refugio, hasta el hogar que había construido en mitad de la nada y que le proveía de cuanto necesitaba en un mundo en el que la subsistencia no era fácil y el hambre estaba a la orden del día. Una vez allí, abrió la puerta de una de sus despensas y arrojó su carga al interior. El cuerpo sin vida de la niña cayó entre los de una docena más, desnutridas y apenas más vivas que ella.

¡Esto es lo que os sucederá si tratáis de escapar! —gritó—. ¡Recordadlo!

Tras hacerlo, volvió a cerrar la puerta a sus espaldas.

Desde luego, Tobías era un superviviente.

Y había llegado con el Frío.