El cazador (I)

Primera parte de un nuevo relato de EL FRÍO.

Primera parte de un nuevo relato de EL FRÍO.

Llegó durante una noche de tormenta. Con los hombros cubiertos de nieve, llamó a la puerta de la pequeña fortaleza y solicitó asilo. No se le negó. Las viejas reglas de la cortesía, abandonadas durante siglos, habían regresado y no eran pocos los que atendían a ellas. Por necesidad más que por bondad, era obvio. Nadie sabía cuándo llegaría el momento en el que se vería necesitado de ayuda. Pero era seguro que pasaría más pronto que tarde.

Su presencia alteró a la pequeña comunidad. No había muchas ocasiones en las que llegaran extraños que lo fueran tanto. Era alto, muy alto, ancho de espaldas y adornado con gruesas pieles. Parecía un oso alzado sobre las patas traseras y hasta su voz era grave y gutural, como un gruñido.

La primera noche fue la comidilla de todos. Los hombres lanzaban miradas airadas en su dirección, siempre con sus armas a mano. Las mujeres cuchicheaban entre ellas, con las suyas todavía más cerca. En total eran una treintena —sin contar a los ancianos y a los niños, que debían de ser unos veinte más— y no estaban seguros de que su fuerza conjunta pudiera detener a semejante mole.

Después dejó de llamarles la atención, al menos de aquella manera. Tras dormir bajo cubierto volvió a irse, aunque solo lo hizo para regresar con las últimas luces. Llevaba un ciervo muerto que dejaba un ténue rastro rojizo sobre la nieve de la ladera en la que asentaba la decrépita fortificación.

Eso se repitió cada día durante semanas.

Aquella mañana el cielo estaba claro, sin nube alguna, y el sol lucía, grande y pálido. Un espejismo de calor en un lugar que raras veces alcanzaba temperaturas que permitieran que el agua se descongelara. El cazador, con unas anchas raquetas de nieve en sus pies, caminaba despacio, como si pretendiera reservar sus fuerzas. Grandes nubes de vaho le surgían de su boca y de las dilatadas fosas nasales. Un trozo de vidrio ahumado servía para protejerle los ojos del resplandor de la nieve. En las manos, cubiertas con gruesas manoplas de piel, llevaba una especie de lanzón casi tan alto como él, lo que era decir mucho.

CAZADOR1

Tropezó, volvió a levantarse, apoyando su peso en el arma, y continuó caminando hacia un grupo de pinos de ramas negras y aspecto maltrecho que había un poco más arriba. La nieve era profunda, al menos tan alta como él. Debajo había una cantidad igual de hielo compactado. Incluso antes de que el frío llegase las nevadas eran frecuentes allí. Por eso se habían adaptado tan bien a él y habían sido capaces de seguir adelante. Eran gente dura, de montaña. De la que miraba a la del valle por encima del hombro. Cuando había un valle y no solo una planicie repleta de rocas partidas y moldeada por los sucesivos aludes.

Por entonces, las despensas estaban más llenas de carne de lo que habían estado jamás y el consejo que dirigía los destinos de los refugiados que se guarnecían tras los muros ya se había planteado congelar los sobrantes para épocas de mayor escasez. Y, aunque era gracias al cazador, los recelos de algunos tampoco habían dejado de crecer. Los recelos y, por qué no decirlo, la envidia.

—¿Hacia dónde va, Des? —preguntó una voz, en un susurro.

—Hacia el arroyo del Tuerto, me parece —le respondió otra, todavía más baja—. Podemos atrochar campo a través y adelantarlo antes de que llegue.

—¿Y después que?

Hubo un largo silencio mientras el tal Des se metía de nuevo tras la peña que les servía de escondrijo. Como el que había hablado en primer lugar se trataba de un hombre enjuto, nervudo y con el rostro cubierto de arrugas precoces, producto del frío y la exposición a la intemperie. El otro, algo más bajo y de ojos vidriosos, aguardó a que le respondiera.

—Ese hijo de mala madre no está dejando de darnos por culo —dijo al fin, entornando la mirada—. ¡Vamos a emboscarlo y matarlo antes de que sepa de dónde le llueven las hostias, Gumer! —añadió acto seguido sin poder evitar alzar la voz—. ¿A qué te crees que hemos salido?

CONTINUARÁ…

Sangre fría

Segundo relato ambientado en el mundo de EL FRÍO.

Segundo relato ambientado en el mundo de EL FRÍO.

Apenas sentía los dedos. El frío, tan intenso durante la noche que era capaz de cortar el aliento, se hacía todavía mayor en las horas previas al amanecer. Pronto, el sol saldría y sus tibios rayos le ayudarían a recuperarse en parte. Hacía meses que Adrián no sentía calor, ni siquiera al sentarse junto a la chimenea de su vieja cabaña. Una cabaña que, por entonces, no sabía si existiría ya. Había tenido que alejarse de ella hasta estar seguro de que nadie lo seguía. Había sucedido… tres jornadas antes. O al menos tres de lo que fuera aquello que sucedía entre amaneceres. Porque hacía mucho que los días habían dejado de tener veinticuatro horas. De eso estaba seguro.

Era de las pocas cosas que lo estaba.

Las desnudas ramas de los árboles se agitaron sobre su cabeza. Adrián terminó de preparar los lazos y cortó los cordeles sobrantes con su navaja. No le gustaba malgastar material, pero no quería entretenerse más de lo justo. Al atardecer había creído ver unas sombras a lo lejos, en la meseta cubierta de nieve, y prefería volver a su refugio improvisado antes de que las primeras luces hicieran presencia. Antes de poder llamar la atención de quien no debiera; de alguien… indeseado.

Las trampas quedaron puestas. Desde que se le acabó la munición había quedado reducido a ser un trampero. No le había ido mal, aunque había tenido que aprender sobre la marcha. El lazo era lo que mejor se le daba. También las redes, aunque hacía mucho que había dejado de usarlas. Los pájaros, los que no murieron con los primeros fríos, pronto se olvidaron de hacer migraciones. Raro era ver alguno entonces. Desde el último se había alimentado de conejos, liebres, ratas y, para su disgusto, algún zorro. La carne de aquellos últimos, además de correosa, tenía un sabor asqueroso. Pero era una manera de librarse de los competidores. No los necesitaba cuando el hambre apretaba y la población de presas era menor con cada semana que transcurría.

Con el albor, se cubrió bajo la tela gruesa con la que había construido una precaria tienda de campaña. Su simple efecto de cortavientos hizo que recuperara cierto calor. Comprobó que podía notar los dedos y después se envolvió en pieles hechas con retales de sus capturas. Apestaban y tenía que renovarlas cada poco tiempo, ya que no tenía medios para curtirlas como era debido. Ni medios ni conocimientos. Aquella, como tantas otras cosas era algo que no sabía cuando todo pasó. Después, fue demasiado tarde para aprenderlo.

No tardó en quedarse adormilado.

Lo despertó el sonido de unos pasos crujiendo sobre la nieve. Antes de abrir los ojos ya había echado mano a la navaja. Un arma ridícula, pero era la mejor que tenía después de que el filo de su cuchillo se partiera en dos al deshuesar los restos congelados de un jabalí que se había quedado helado antes de convertirse en carroña. Sin embargo, ante los verdaderos enemigos no había gran diferencia entre ambos. Eran tan inútiles como darle de puntapies a una montaña.

Sin pretenderlo, se encogió sobre sí mismo. Los pasos se detuvieron y temió que quien fuera que lo rondara lo hubiera escuchado. Apretó el arma. La tela se encontraba combada sobre su cabeza. Mientras dormía había nevado de nuevo. Si había caído la suficiente, eso serviría para camuflarlo. Ante la vista, porque otra cosa era el olfato. Adrián apestaba. Apestaba a conejo y liebre muertos y, sobre todo, apestaba a humano.

Una sombra se alzó al otro lado de la tela y el hombre apenas tuvo una décima de segundo para girar sobre sí mismo. Una zarpa, o algo parecido, arañó el suelo donde había estado su cabeza. La precaria tienda se desplomó, hecha jirones. La nieva acumulada le llovió sobre el rostro casi al mismo tiempo que un nuevo golpe hacía temblar el suelo junto a su oreja derecha.

Sangre Fria.jpg

Medio cegado, Adrián lanzó un tajo contra la silueta. Debió de alcanzar su objetivo, porque en respuesta obtuvo un bronco quejido y una línea de sangre le manchó el rostro, como una sonrisa escarlata y forzada. Y helada. Aquella sangre estaba helada.

—¡Mierda!

Sangre fría… Adrián sabía lo que significaba y era menos que bueno. Había escuchado hablar de ella a quienes huían del norte. Los que habían llegado con el frío la tenían así y quienes entraban en contacto con ella… No pudo completar aquel pensamiento cuando la figura, oscura contra la resplandeciente luz del día, se lanzó sobre él y clavó los dientes en su muslo derecho.

El hombre gritó mientras se veía zarandeado de un lado a otro por unas poderosas mandíbulas. Sintió como la cabeza se le iba, pero no se rindió. No era capaz de rendirse. En lugar de ceder ante la agonía, golpeó con fuerza. La navaja se hundió en una carne dura, tanto como la de aquel jabalí que le había costado su mejor cuchillo y después…

La presión sobre la pierna cedió de repente acompañada de un olor nauseabundo. Allí no había nada, pero lo había habido. Las huellas en la nieve y la enorme herida en su pierna lo demostraban. La sensación heladora que le comenzaba a embargar también. Lo que se decía de la sangre fría, lo que suponía el contacto con ella… quienes la tocaban, quienes eran tocados por ella, se convertían en lo mismo que eran sus dueños.

—No, a mí no va a pasarme.

Con la pierna sangrando, se tendió contra uno de los árboles del bosquecillo. Hacía frío, mucho frío, y pronto nevaría de nuevo. Los primeros copos comenzaron a caer mientras a la sangre de la pierna se le unía la de sus muñecas.

Es lo más caliente que he sentido en mucho tiempo, se dijo Adrián mientras sostenía la navaja entre sus pálidos dedos.

Mientras moría.

Superviviente

Os presentamos un relato ambientado en el universo de EL FRÍO para que poco a poco os vayáis familiarizando con este universo.

Os presentamos un relato ambientado en el universo de EL FRÍO para que poco a poco os vayáis familiarizando con este universo.

El día en que pasó… el día en que pasó no podía imaginarse que algo como aquello pudiera suceder. En pleno día, la oscuridad se hizo completa y un temblor llenó el suelo. Después la nieve comenzó a caer y ocurrió lo imposible. El frío llegó a todas partes y no hubo lugar en el que nadie pudiera refugiarse de él.

Tobías llevaba viviendo en aquel sitio desde hacía… ya no recordaba cuánto había transcurrido. Los desiguales días de tinieblas y las noches de oscuridad perpetua se habían sucedido sin descanso, en su mayoría monótonos. La escasa luz, cuando la había, se reflejaba en la nieve hasta hacer que las mínimas sombras se esfumasen, convirtiéndose en un resplandor que dañaba la vista y enturbiaba incluso los pensamientos y los recuerdos. De lo que él era antes, poco permanecía. Con el paso del tiempo lo único que había quedado era un superviviente.

Como tantos otros.

Un superviviente, musitó entre dientes. No era demasiado fuerte, eso no, pero siempre se había considerado inteligente y, por lo que parecía, había demostrado serlo. Encontró refugio, agua y pronto se las arregló para encontrar también una fuente sostenible de alimentos. Pocos podían decir eso. El cambio en el clima, la oscuridad y el frío hacía mucho que habían hecho que las cosechas se echasen a perder y buena parte de las plantas y animales murieran. Los que no lo habían hecho, se habían visto obligados a iniciar una rápida migración hacia el sur. En aquellas latitudes también eran pocas las personas que todavía subsistían y menos aun sin haberse convertido en perpetuos nómadas. O carroñeros. En eso él podía considerarse un privilegiado.

Tobías se miró las manos y casi no las reconoció. Estaban ajadas, prematuramente avejentadas. Las gélidas temperaturas y la humedad hacían que la piel se agrietase y que las articulaciones se volvieran rígidas. De aquellas últimas no podía quejarse. Las suyas respondieron cuando se levantó y caminó junto al muro de tierra congelada que formaba una de las numerosas protecciones que aseguraban lo que él consideraba su hogar, que lo protegían de…

Pero qué cojones…

SupervivienteHD

Un murmullo, tal vez menos que eso, hizo que Tobías abandonara aquellos confusos pensamientos y que su mente volviera a ser el afilado punzón en el que había tenido que convertirla para sobrevivir. Cualquier señal, por poco importante que pareciera, era vital y debía ser comprobada. Los peligros eran muchos además del propio frío. Aunque todos provinieran de él.

Armado con un machete, se deslizó cuesta arriba por los taludes de tierra compactada para buscar su origen. No tuvo que hacerlo durante demasiado tiempo porque quien había producido aquel susurro apenas discernible pronto corrió a su encuentro.

Y saltó sobre él.

Embarullados, cayeron al suelo sobre la nieve sucia y llena de pisadas. El arma, en su mano, trató de alcanzar a su rival, una bola cubierta de sucio pelo y piel, que arañaba y se retorcía sin amilanarse, que golpeaba con fuerza a pesar de ser de la mitad de su tamaño.

Rodaron. Una confusión de extremidades. Mordiscos, golpes… el machete salió despedido a un lado, deslizándose por la escarpada pendiente. Unas uñas llenas de tierra y desiguales se le clavaron en la carne del cuello, mientras unos dedos esqueléticos trataban de arrebatarle el aliento.

¡Tú! —acertó a mascullar Tobías entre unos dientes que hacía mucho que habían pasado por su mejor momento—. ¡Tú!

Reconocer a su atacante hizo que sus fuerzas se renovaran y, a pesar de la falta de aire, se las arregló para lanzar un cabezazo contra el rostro de la apestosa masa de cabellos y pellejos mal curtidos. Hubo un crujido, un grito y un estallido viscoso. Las manos que le atenazaban el cuello se apartaron, dejando tras de sí las marcas de unas uñas, unas medias lunas desiguales.

De una patada se libró de su agresor, mientras buscaba el machete. No tardó en encontrarlo, entre el barro y la nieve. Corrió hacia él, pero antes de agarrarlo sintió un golpe en la espalda. Volvió a caer con el peso de la criatura sobre él. Una roca lo golpeó en la cabeza, aunque por fortuna lo hizo sin demasiada fuerza.

Con la vista nublada, Tobías acertó a coger la herrumbrosa arma. Después golpeó y la sangre escarlata manó. Furioso, se puso en pie y siguió lanzando tajos. Trozos de carne, sangre y pelo saltaron en todas direcciones, mientras la criatura era reducida a una masa sanguinolenta que se retorció durante unos breves instantes antes de expirar.

¡Maldita sea! —gruñó él mientras recuperaba el aliento.

Acto seguido, recogió el cadáver y, cargándolo a hombros, retrocedió hasta su refugio, hasta el hogar que había construido en mitad de la nada y que le proveía de cuanto necesitaba en un mundo en el que la subsistencia no era fácil y el hambre estaba a la orden del día. Una vez allí, abrió la puerta de una de sus despensas y arrojó su carga al interior. El cuerpo sin vida de la niña cayó entre los de una docena más, desnutridas y apenas más vivas que ella.

¡Esto es lo que os sucederá si tratáis de escapar! —gritó—. ¡Recordadlo!

Tras hacerlo, volvió a cerrar la puerta a sus espaldas.

Desde luego, Tobías era un superviviente.

Y había llegado con el Frío.